Relato: Un relato especial

14:00

El siguiente relato de Halloween fue enviado por Nimphie Knox mi querida amiga me pregunto si mis relatos del mes de octubre eran enviados por mis amigos y le respondió que no, aunque era buena idea (Si tienes algún relato de Halloween envíalo y será recomendado tu blog) y pues le dije que los saco de mi cajón de cosas útiles :3 pero encantada de que me enviara uno y pues este es, me parece buenísimo.
DOCE MENOS CUARTO
El cielo parecía demasiado pequeño para albergar tantas estrellas. La luna, aquel trozo de hueso pulido por las manos de un Artesano Cansado, derramaba sobre la torre los destellos que sólo podían pertenecerle a un astro que ya vio demasiadas muertes.
Matthew estaba allí, en lo alto de la torre, contemplando con los ojos vacíos aquel pálido fantasma.
«Oh, diosa Selene, si tú supieras... —le dijo a la luna—. Si tú supieras los trucos malsanos y torcidos que han tenido lugar en este castillo. Podría contarte historias que te teñirían de sangre... pero no podrías gritarle al Artesano del Mundo todos los crímenes que ha cometido mi amo. ¿Te creería? Lo dudo. Porque tú no puedes ver a través de estos muros, tú no puedes saborear el elixir que fluye por su cuerpo y que es como un bálsamo divino derramado sobre el mío. Tú estás allí, muda e inclemente, divirtiéndote con sus trucos de magia macabra.
»Yo podría contarte acerca de la primera noche en que lo vi. Era Navidad. En el orfanato me habían elegido para representar al ángel Gabriel y me habían vestido con una larga túnica blanca. Me peinaron el cabello, y por primera vez calentaron el agua para mi baño.
»Cuando llegamos a la iglesia, las familias adineradas ya estaban allí. Las reconocí por sus ropas elegantes, por sus peinados ridículos, por sus sonrisas de lástima. Las mujeres bajaban la vista; los niños nos miraban, curiosos. Algunos reían.
»¿Qué podía hacer yo? Una vez al año me ocupaba de divertir a los ricos, de ser el ángel Gabriel, de quedarme estático para que sus cámaras de fotos lograran capturar la imagen muerta del pesebre viviente…
»Y entonces lo vi. Vestía un frac negro y su bastón brillaba, acariciado por las luces de los cirios. Tenía el cabello oscuro, largo, y entre sus manos enguantadas bailaba una moneda de oro que él volvió a meter en su bolsillo.
»Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor…
»En el momento de la comunión, se puso de pie. La Virgen María de yeso observaba atentamente, muda, paciente, sorda.
»—Acérquese, monsieur —le susurré al caballero, desde la tibia y oscura intimidad de mis pensamientos. Como por arte de magia, el noble se volteó hacia mí. Sus ojos terribles me contemplaron desde la soledad del abismo, desde un océano profundo donde valía la pena ahogarse. Sonrió, y su sonrisa me recordó a la de un muñeco de cera; ensayada, vacía, eterna. Su bastón se agitó en el aire como la varita mágica de un mago y él se hizo lugar entre el público y comenzó a acercarse. Yo me quedé quieto, mucho más de lo que lo había estado jamás. Era una estatua perfecta.
»Fingiendo despreocupación, se paseó por entre nosotros, las figuras del pesebre viviente. Cuando se paró frente a mí, mi corazón comenzó a cabalgar. Yo miraba al suelo, pero quise verlo a los ojos. Lentamente fui resbalando la vista por el terciopelo de su traje, por los botones de plata…
»La moneda de oro cayó sobre mi canastillo. Me estremecí. Me tocaba actuar. Temblando, hice una reverencia ante él y casi pude ver su sonrisa divertida, su sonrisa altanera. Me gustaba. Cayó una segunda moneda. Volví a inclinarme en una reverencia más amplia. Cuando cayó la tercera moneda, alcé los ojos, nervioso. Allí estaban, sus abismos secretos, sus océanos de delirio. Quise inclinarme de nuevo, pero él me detuvo con un gesto.
»Aguanté la respiración.
»Podría afirmar, si la naturaleza no se ofende, si puede soportarlo, que en ese momento el tiempo se detuvo. Los cirios dejaron de relampaguear, las miradas se congelaron, los querubines del techo enmudecieron. El tiempo se había desdoblado, se había desplegado como las alas de un buitre, se había revuelto como los vestidos de una novia.
»Un dedo cálido se hundió en mi mejilla y los abismos se abrieron ante mí, susurrándome algo que jamás había oído:
»—Eres demasiado hermoso para estar aquí. ¿A qué has venido? ¿A adorar las estatuas de yeso? Yo adoro la belleza. Yo podría adorarte por toda la eternidad.
»Cuando abrí los ojos, aquel desconocido ya se había esfumado.
»Lo busqué con la mirada. Entre la gente, detrás del altar, en los confesionarios.
»Había desaparecido.»

2
«Aquellas monedas fueron mi perdición. No eran de plata ni de bronce: eran de oro. En el orfanato las monedas de oro eran escasas. En realidad, allí todo era escaso.
»Me quité la túnica a escondidas: había ocultado el dinero entre los lazos. Con suerte, al día siguiente huiría a la feria del pueblo con el pequeño Keith y nos llenaríamos de carne asada y vino barato. Con más suerte, las sábanas de algún catre de hotel nos darían el cobijo que habíamos perdido al nacer.
»—¿Qué tienes allí, marica? —Era Decker, uno de los chicos más grandes—. ¿Qué escondes?
»Tiró de la túnica y las monedas de oro cayeron en una danza aérea hasta chocar con el frío suelo de piedra. Me observaron con sus ojos tristes, sus ojos vacíos de vida. Me decían adiós.
»Decker lanzó una risotada.
»Me incliné para tomarlas, pero aquel hombre era demasiado fuerte, demasiado bruto. Con una mano me aferró el brazo y me arrojó lejos. Todavía riendo, recogió mis monedas. Mis tristes y vacías monedas. Adiós.
»Lo insulté, grité, intenté golpearlo. Mi sangre se había estancado en ese sitio intermedio que no es ni la nariz ni la boca. Pude olerla, saborearla. En medio de la paliza, pude oír el llanto de Keith y el silbido de su hambre.

»Mi primo Keith murió de tuberculosis el Día de Reyes. Sin él, ya nada me ataba al orfanato. Sólo los recuerdos, los vestigios de su alma errante, el susurro de sus labios de niño, sus ojos llenos de sueños.
»Su fantasma me atormentaba. Las noches que habíamos pasado juntos volvían a mi cama transformadas en pesadillas.
»Quería morirme. Como fuera. Ahogado en el pantano, incinerado en el horno de barro, por congelación bajo la nieve. Quería volver a ver a Keith, las manchas negras en sus dientecitos de perlas, las pecas de su espalda desnuda, las pinceladas azules de las venas de sus muslos…
»Y así, transformado en una sombra, en un ser errante sin pasado y sin futuro, abandoné el orfanato.
»Los perros ladraron, pero no fueron tras de mí.
»Ser su alimento no sería mi destino.»

3
«En la plaza de Les Étoiles todavía había gitanos. Las mujeres vestían largas polleras de colores y bailaban al compás de los tambores y los gritos. Su música me repugnaba; la encontraba grotesca, ridícula. Aunque no así a los hombres.
»Cuando me senté junto a ellos, un joven gitano moreno se me acercó y me ofreció su pipa. A la primera calada, mi boca se llenó de un humo dulcísimo. A la segunda, se me incendió la garganta… y a la tercera, tomé la mano del joven gitano y dejé que me arrastrara hacia donde se le antojara.
»Se le antojó llevarme a su tienda, donde fornicamos muy a gusto entre la música patética, los alaridos de bestia y el humo del opio. Esa noche no soñé con Keith.
»Cuando me desperté, mi compañero ya se había ido. A mi lado había una gitana anciana, reseca como una uva que ha pasado demasiado tiempo al sol. Con una risa de cabra vieja, me arrojó una sábana y cubrió mis vergüenzas.
»En ese momento, pude ver que me mostraba una carta del Tarot.
»—Pobre niño, tu camino estará sellado por la cruz de la eternidad. La luna: engaño, peligro, amistades artificiosas.
»Por supuesto, en aquel momento no lo comprendí. Pero ahora, luego de siglos de haber permanecido en este castillo construido sobre las almas que gimen juramentos de venganza, puedo afirmar que aquella gitana tenía razón.

» ¿Quieres saber, diosa Selene? ¿Quieres que te cuente cómo fue la primera noche que pasé aquí junto a mi amo, el mago Avalon? ¿Podría describir con palabras las miles de sensaciones que recorrieron mi corazón y mi espíritu al verlo allí, con su magnífica presencia, invitándome a su castillo y a su cama?

»Le había robado un saco de opio a la gitana y lo había vendido en la feria. Pude comer por tres días, pero llegado el sexto la fiebre se había vuelto insoportable. Keith venía por mí; su alma, su enfermedad, su tuberculosis. Y yo estaba feliz. Volvería a verlo, volvería a perseguirlo por entre los campos de violetas, volvería a arrancarle la ropa a zarpazos…

»Entonces lo volví a ver. A él, el noble, a su frac, a su bastón. A sus abismos secretos.
»Desperté en un salón enorme, recostado sobre un sofá. Bajo un árbol de Navidad desnudo dormitaban cientos de pequeñas cajas, obsequios quizás.
»Andrew.
»Thomas.
»Francis.
»Me erguí. Las cortinas estaban corridas, pero la oscuridad era casi total. Caía la noche. Me gruñó el estómago, los ojos se me incendiaron, me tambaleé.
»—Al fin despiertas. —Su voz era la misma, sus ojos, su mirada. Era el mismo noble, el dueño de aquellas monedas de oro que habían sido mi ruina.
»—Estás hambriento, sígueme.
»Avalon me llevó hacia el comedor. Cuando vi la mesa por primera vez, creí que el mantel estaba hecho de cabello humano. Era de una tela suavísima, de un color negro tornasolado. Las velas le arrancaban reflejos azules. Tal vez, me imaginé, podría trenzar aquel mantel como lo hacía con el cabello de Keith…
»—Tengo para ti un lecho de rosas, un manantial con esencias del Tíbet y los manjares más deliciosos que probarás jamás. –Con un gesto de su mano, a la mesa acudió el vino y la carne que le había prometido a Keith. Él me sonrió, notando mi horror, y con otro gesto me pidió que me sentara.
»Y lo cumplió, por supuesto. Los manjares satisficieron mi paladar, las rosas estallaron en mi interior y las esencias del Tíbet viajaron por mis venas, inyectándome su pasión electrizante.
»¿Cómo negarme a él? Me había llenado los bolsillos de oro, me había salvado la vida. El primer beso hizo que la sangre se astillara en mi corazón... el segundo, hizo que esa sangre congelada se derritiera y se derramara sobre mi alma y las sábanas de seda.
»Mi amo rió, complacido por mi experiencia, mientras se quitaba la túnica y me mostraba todo aquel paisaje prohibido que yo sólo había observado a través de un caleidoscopio embrujado. Su cuerpo era la misma ambrosía, un paraíso en llamas con el humo oliendo dulce entre las lenguas de fuego que lamían su piel.
»Y yo era su sacrificio, pero no lo lamentaba. La vida y el destino me habían elevado hacia un altar ritual. Me encontré tiernamente sometido a él en las posiciones más tortuosas, mientras yo, entregado y satisfecho por el calor de su cuerpo y la frialdad de su alma, me perdía en el enmarañado placer de los suspiros que se desdibujaban frente a mis ojos y caían sobre mi piel como los pétalos de las rosas agonizantes... »

4
«En el castillo siempre era de noche. Las tinieblas se extendían por los pasillos laberínticos y la única luz la otorgaban las velas. Ellas se encendían solas cuando yo caminaba a su lado, obedeciendo las órdenes de la oscuridad. El embrujo era eterno: las velas no se consumían.
»La séptima noche que pasé allí, se lo hice saber a Avalon. Él era corto de palabras, pero en la tibia penumbra de su lecho desataba sus bestias y dejaba que corrieran libres y devoraran a su presa.
»—Las velas… —gemí, mientras él, sosteniéndome de las caderas, arremetía contra mí furiosamente. Cuando me oyó, se detuvo.
»— ¿Qué sucede con ellas? —Me soltó y yo caí sobre las sábanas como un títere desmadejado. Él era mi titiritero, mi dios, mi señor, mi amo. Lo amaba. Y él lo sabía.
»—Se prenden solas… nadie las enciende… —Avalon rió. Con su sonrisa hueca y ensayada, fue inclinándose hacia mí con lentitud. Sus abismos estaban llenos de misterios, pero yo era incapaz de leerlos y eso me molestaba. Él podía viajar por mi mente, navegar por mis pensamientos, sumergirse en mi alma y hacerla trizas. Cuando me besó, supe que jamás podría estar a su altura, supe que él era diferente. Que tenía algo de lo que yo carecía.
»¿Dónde podría comprar ese don? ¿A qué parte del infierno debería bajar para conseguirlo? ¿Qué tienda clandestina lo exhibía en sus vitrinas? ¿Con qué tendría que pagarlo?
»Habría entregado mi alma por ser como Avalon.
»—No te angusties, Matthew —susurró—. Ahora duerme.»

5
«Pasaron los años y cada noche, en Navidad, el mago Avalon dejaba entreabierta la puerta de sus aposentos privados. Yo no necesitaba permiso para entrar, me inmiscuía hacia el interior como un fantasma.
»Él estaba allí, aguardándome. Las velas de su habitación eran las únicas que no me obedecían. Ellas eran sólo de mi amo, como también lo era yo. De Avalon.
»Avalon, Avalon, Avalon. Quería intoxicarme de él…
»— ¿Qué estás esperando, Matthew? Sé que estás allí –dijo su voz, por detrás de las cortinas del lecho. Acercándome, alargué la mano hacia ellas. Eran de color dorado; eran una larga lluvia de cabellos rubios. Cuando las corrí, sentí que podría pasar a través de ellas como si estuviesen hechas de agua—. Ven…
»— ¿Qué son esas cajas están bajo el árbol de Navidad? —me atreví a preguntarle por primera vez.
»Lucas.
»Christian.
»Sebastián.
»Como siempre, mi amo rió.
»—Son obsequios, Matthew, ¿qué más podrían ser? —respondió, haciendo las sábanas a un lado.
»—Pero siempre están allí… nadie viene a buscarlos…
»Lo miré a los ojos, supe que no me respondería. Me recosté junto a él en la cama y dejé que me hiciera el amor.»

6
«No recordaba cuánto tiempo había pasado ya en el castillo de la noche eterna. Y tampoco quería preguntarle a Avalon. Temía la respuesta. Recostado sobre el césped frío del jardín, se me ocurrió la respuesta: los espejos. En el castillo no había espejos. No había materia tangible que pudiera devolverme un reflejo real de mí mismo, y yo me sentía culpable incluso de robar de la mesa una cucharilla de té.
»De modo que comencé la búsqueda. Mi objetivo sería registrar ese castillo en pos de un espejo, un reloj y un calendario. Aguardé hasta que mi amo se retiró a dormir y cuando oí el clic de la cerradura de su puerta, giré en redondo y me dirigí hacia los sitios que tenía prohibido pisar.
Entra, intruso, pero te lo advertimos: las velas de este castillo le dirán a nuestro amo de qué color es tu cabello.
»La gran puerta de roble se cerró con un estruendo y las velas del corredor se encendieron solas, obedientes, preparadas. Un silencio hueco penetró por mis oídos. Dolía. El silencio dolía y el ardor de las velas me hería las retinas. Pero no tenía miedo. Avalon me tenía encerrado en ese gran santuario de tinieblas y yo quería, al menos, una respuesta.
»No me quejaba de las atenciones, ¿cómo podría haberlo hecho? Cada supuesta mañana me despertaba con la bandeja del desayuno servida, con un par de prendas nuevas para que vistiera luego del baño. A veces nos bañábamos juntos en su piscina privada, donde una gárgola desdentada escupía un manantial fresco y perfumado. A mí me gustaba esa gárgola, pero tenía la sensación de que nos espiaba. De que unos ojos acuosos se abrían por encima de la espuma y jugaban a adivinar de quién eran las piernas, de quién eran las manos… cuánto tiempo tardaría mi amo en llegar al clímax, a qué nota de la escala musical se elevarían mis gemidos.
»Turbado, me detuve. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué había sido tan estúpido?
»Avalon se encargaba de que nada me faltara, ¿por qué lo estaba traicionando?
»Jake.
»Peter.
»Nathaniel.
»Lo estaba haciendo porque, si bien él podía satisfacer hasta la más mínima de mis necesidades, sabía que me ocultaba algo.
»Me sobresalté. Había oído un susurro, un ruido, un algo que provenía de una puerta. Asustado, giré el picaporte y para mi sorpresa, cedió. La puerta se abrió limpiamente y una correntada de aire frío me azotó el rostro como una bofetada. Haciendo fuerza, logré entrar y, como siempre, las velas obedecieron a mi presencia. Se hizo la luz en la sala.
»Boquiabierto, observé el paisaje. Los muros eran de piedra, como los del resto del castillo, pero no estaban desnudos. De las paredes colgaban cientos y cientos de abanicos de todos los tamaños y colores posibles. Alzando la cabeza, miré hacia el techo. También. Miles de abanicos se mecían con aquel viento misterioso. Poniéndome en puntas de pie, extendí la mano y agarré uno. Tenía pintada la imagen de un mar oscuro, donde se contemplaba el reflejo de una luna redonda y obesa. Como no me gustó, lo dejé en su sitio. Me pregunté qué haría Avalon con todos aquellos objetos.
»Decidí entrar en la sala que estaba justo en frente del Salón de los Abanicos. Esperando encontrar alguna respuesta, cerré los ojos y fui abriéndolos con lentitud, para que no me molestara el resplandor cegador de las velas perversas.
»Allí no había abanicos, pero había relojes. ¡Relojes! Jadeé emocionado y corrí hasta el reloj más cercano: una maravilla hecha de cristal de roca con sus agujas de plata. Eran las doce menos cuarto. Qué exactitud; ni un segundo más, ni un segundo menos… ni un segundo más, ni un segundo menos... y eso significaba que…
»El reloj estaba roto. Me giré hacia otro reloj, un cucú. Las doce menos cuarto. El bicharraco estaba con la cabeza asomada hacia el exterior. Furioso, se la arranqué de un manotazo. ¡Todos los relojes de esa sala maldita estaban rotos! ¡Las doce menos cuarto allí! ¡Las doce menos cuarto allá! ¡Las doce menos cuarto siempre!
»Salí de allí, insultando a Avalon y a todos sus relojes rotos. Abrí la tercera puerta, más pequeña que las anteriores. Y aunque cerré los ojos, la luz casi me dejó ciego…
» ¡La tercera sala estaba llena de espejos!
»Pero no quise emocionarme. ¿Qué me mostrarían esos espejos? ¿Sería otro truco de Avalon para que me cansara de buscar?
»Me acerqué a un espejo de pie. Su marco era de oro y en la cabecera tenía un diseño de dos serpientes entrelazadas. ¿Y el reflejo? ¿Acaso era yo? Me incliné hacia el hombre que me devolvía la mirada. Sus ojos eran verdes, como los míos. Su pelo era castaño y largo. Era yo. ¿Su edad? La de un joven que deseaba permanecer hermoso por siempre… ¿Cuántos años habrían pasado? ¿Mil? ¿Dos mil? ¿Un millón? ¿Doce menos cuarto?
»Los espejos no me habían dicho nada interesante. Si de ser sincero se trata, esperaba más de ellos. Esperaba que me engañaran, que me mintieran, que mis ojos no me observaran, vacíos de vida y de sueños, desde ese tabernáculo de almas moribundas. Cerré la puerta. Rendido, decidí abandonar los pasillos prohibidos…
»Pero cuando le di la espalda a las puertas, la oí:

Diosa de ébano,
gira la rueca.
Pastor de abejas,
prueba mi miel.
Príncipe alado,
Sobrevuela los prados.
Señor de tinieblas,
sacia mi sed.

»Era una voz que temblaba en la cumbre de un acantilado, a punto caer y suicidarse. Los agudos me horadaban los oídos; no obstante, la voz era bella. No podía negarlo.
»¿Una mujer en el castillo de Avalon? ¿Una criada? El castillo no tenía criadas. Las migas de pan se evaporaban al caer al suelo, los platos se limpiaban solos, mi ropa cada día era nueva. Y nadie encendía las velas. ¿Una amante? Avalon me agotaba sexualmente cada vez que se le antojaba y yo no oponía resistencia alguna… ¿Acaso también podía encontrar satisfacción entre unas piernas femeninas?
»Intrigado, me dispuse a seguir aquella voz.

Tiembla la rosa
Entre garras de bestia,
lamento del ángel
que no puede volar.
Suspira el silencio
encerrado entre piedras.
Apaga las velas
de la Sala del Mal.

»El canto me guió hasta una pequeña escalerilla que bajaba en caracol. Allí, para mi sorpresa, temblaba una luz lejana.
»— ¿Hola? –susurré—. ¿Avalon?
»Había alguien allí, la vela lo delataba. La vela no se apagaría, ella sería mi aliada por primera vez y me mostraría al intruso. Me quedé quieto, expectante. Quería que el desconocido o la desconocida se mostrara. Y que me dijera qué estaba haciendo en el castillo de mi amo. La canción continuó. Hablaba de sombras, de magos, de lunas. Profetizaba muertes y castigos, advertía engaños y secuestros, maldecía a los dioses y a los ángeles.
»Me adelanté por el pasillo. Las velas se encendían, una por una.
»Cuando la voz se alzó en toda su potencia, me incliné hacia la puerta.
»Allí había una mujer tejiendo en un telar.
»—Ven aquí, Matthew –exclamó, cuando quise echarme hacia atrás—. Ven aquí, niño mío. Sé qué te ha traído hasta aquí. Estás encerrado entre estas paredes oscuras, solo, sin amigos. Con la única compañía de ese demonio lujurioso que se aprovecha de tu cuerpo y de tu juventud…
»La mujer sonrió y se giró. Llevaba un largo vestido blanco que cubría su piel palidísima como una gran telaraña de seda. Me acerqué y miré hacia su telar. Estaba trabajando en la imagen de una torre. Sobre esa torre, la luna brillaba en todo su esplendor.
»— ¿Te gusta? —preguntó. Su voz palpitaba contra los muros en un eco. Miré hacia esos muros… y grité—. Shhh… no temas –susurró—. Exilio no te hará daño, ¿verdad, Elixio? —La mujer abrió la palma de su mano y la gigantesca araña albina se acurrucó entre sus dedos como un gato monstruoso. Aquel insecto repugnante había tejido alrededor de ella una cascada de color blanco perla, había transformado su taller en una horrorosa megalópolis fantasma—. Eres precioso, pero tu belleza es efímera. Algún día tus ojos dejarán de competir con los cielos, tu cabello se volverá blanco como esta tela y la perfección de tu rostro se resquebrajará como una hoja muerta. Yo puedo entregarte tu hermosura y encerrarla bajo siete llaves forjadas en el infierno, pero para ello deberás permanecer alejado del lecho de Avalon por siempre.»

7
« ¿Es necesario que te diga, diosa Selene, que acepté su propuesta, pero que con el paso de los años, ya me es imposible mantenerla?
»Con cada noche de Navidad que yo le suplico a Avalon que me lleve a su cama y arrase conmigo con la misma pasión de la primera vez, una llave se rompe y esa caja se sacude de miedo y horror al igual que yo me estremezco de placer entre sus brazos. En su interior, mi alma desesperada y encerrada suplica la libertad con el mismo anhelo con el que yo grito por mi amo.
»Y es ahora, cuando en la caja sólo queda una llave, cuando mi alma permanece anclada a un puerto de recuerdos. Y es que habría preferido morir aquella vez, en la plaza de Les Étoiles. Tal vez, si las cosas hubiesen sido diferentes, ahora ya estaría en compañía de Keith y no suplicándole a la Tejedora por una noche más de placer junto a Avalon, por un siglo más de hermosura, de juventud, de vida.

»En el rincón más oscuro de la caja, mi alma sabe que esta es la noche de mi muerte. Hoy, Nochebuena, bajaré de mi torre y me encontraré con mi amo. Tocaré a su puerta y él estará allí, aguardándome. Me preguntará con qué aroma deseo que perfume su habitación...
»— ¿Mirra de Persia, Matthew? ¿Sándalo dulce, quizás? ¿Vainilla arábiga, tal vez?
»Y yo le diré que sólo quiero las rosas, que únicamente lo quiero a él. Reirá, complacido, y me vestirá con las túnicas bordadas por Elixio en su infierno privado.
»No me controlaré, diosa Selene. Gritaré todos los nombres de Avalon en los idiomas más arcanos, pronunciados por las lenguas bífidas más perversas.
»¡Nébiros!
»¡Leviatán!
»¡Lucifer!
»Dejaré que consume conmigo aquel obsceno hechizo que la Tejedora ideó hace setecientos años y que recién esta noche verá en su perfecta completitud. Seré su marioneta, no me importa... dejaré que Avalon me posea y que todos los colores de su magia macabra penetren en mí mucho más profundamente que él.
»Entonces, el trozo de mi alma que aún permanece en aquel arca bailará de alegría... y huirá, sin mirar atrás, atravesando la cerradura sellada con la última llave.»

8
El mago Avalon se levantó del lecho y tomó la pequeña caja entre sus manos. Con su eterna sonrisa, se vistió, volvió al salón y la colocó bajo el árbol de Navidad.
Matthew.
—Ya he cumplido, demonio. Devuélveme mi verdadera forma —dijo una voz femenina a sus espaldas.
Avalon sacudió su varita y una araña albina patizamba se estrelló contra el suelo. Los cientos de pequeñas cajas se abrieron y una multitud de fuegos de artificio se elevó por los aires, rodeándolo.
Un sol sangrante y errabundo comenzó a asomarse por el horizonte del bosque, tiñendo con su fuego primero las copas de los árboles… y luego, las ventanas de la torres.
En el castillo ya era de día.
Y en la Sala de los Relojes... ya eran las doce en punto.


FIN

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