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    En esta sección, In My Mailbox o En mi Buzón es una manera de compartir con los demás los libros que tienes. Si has comprado un libro, te lo han prestado, lo sacaste de la biblioteca, haces una entrada describiendo el libro (foto, sinopsis) y listo. El IMM fue creado por Kristi, The Story Siren, basada en la idea de Alea, de Pop Culture Junkie.


     El día de hoy les traigo unos libros que compre hace algunos meses pero por estar ocupada y con la pila de mi cámara dañada no había podido subir. Los títulos son:
    • ·       El Caballero Indecente de Patricia Grasso.
    • ·       El Talismán de los Amantes de Sandy Kingston.
    • ·       El Pretendiente de Joan Johnston.



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    ¡Maldito trazo irreverente!, la expresión de un ser humano carcomida por la inestabilidad y el rezago. El delirio de esa ansiosa o destructiva manía de pensar consumía la vida de mi preciado amigo C. Canterry, un farsante, un apostador, embelesado por el whisky, junto a los aires grotescos de carnaval. Este hombre era un loco mordaz, un extremista. Un lado visceral corría en contra de su pensamiento; día a día el perfume de las cantinas lo enterraba en un juego de azar, cada vez más ensordecedor. Las monedas iban y venían una a una entre tragos y sonrisas malformadas, entre muecas de oscuro sopor. Es verdad: la gente siempre reía a más no poder en los lugares de la vida nocturna, pero, si de sonrisas se hablaba, la de C. Canterry era las más horrendas. Su semblante caucásico se encuadraba de tal forma que en la expresión, sus ojos verdes, según recuerdo, le temblaban con ahínco irracional; después, la sonrisa se distorsionaba en la más enferma de las carcajadas. Siempre que ganaba la sonrisa parecía proferirle un carácter diabólico, como si el mismo demonio lo poseyera para arrebatar de golpe el dinero. Siempre que un “¡Ja, Ja, Ja!” horrible y del demonio se repetía, algunos osaban a no volver apostar con él, después de santiguarse, casi estupefactos. A C. Canterry le importaba un comino, él sólo deseaba perderse en el alcohol, apostar y hacer esa sonrisa que erizaba los vellos de la piel.

    Pese a practicar ese enfermo deporte del alcohol, C. Canterry, tenía momentos de lucidez en que una breve cordura, parecía contradecirlo en su propia manía. En ocasiones confesaba que deseaba alejarse de esa vida callejera que lo sacaba a media madrugada de sus aposentos, para perderse en el alcohol y las apuestas; por más que el pobre de mi amigo trataba, un halo negro lo ahorcaba en el desvarío del azar. Le extirpaba las neuronas del cráneo minuto a minuto, el hambre de sostener las monedas lo obsesionaba. Sus días pasaban similares, con los ojos verdes insertados sobre la superficie de las mesas de las cantinas, donde descansaban los billetes y grupos de monedas que cambian, durante la madrugada, de jugador a jugador. Recuerdo bien los días en que mi pobre amigo despilfarraba la ganancia de dos meses, obtenida a través de un pequeño negocio que poseía en el área céntrica de la ciudad. Yo trataba de persuadirle, pero cada sugerencia era como invitarle a que se quedara; no importa cuánto hiciera en el intento de alejarlo de aquellos lugares que sólo destruyen las vidas humanas, sometiéndolo a uno a un estupor necio entre la pesadilla y lo racional. Siempre intenté —si es que existe un soberano Dios, él sabrá cuánto lo intenté—. Pero la locura fue en aumento, aún mi propia piel se retuerce sobre sus huesos, cada vez que en mi mente se presentan esas oscuras reminiscencias. C. Canterry enloqueció, atravesando las tabernas de mala calaña, tomando el dinero de golpe, riendo como un demente. La obsesión le hacía resaltar las venas del cráneo y emitir a cada partida ese ¡JaJaJa!” autodestructivo y demoníaco...
    La situación fue en aumento, eso sería un sólo entremés de la última y prosaica cena que recibiría mi pobre amigo Canterry...

    El alcohol lo sumió en una grotesca e irreverente alucinación continua; cada vez que un trago pasaba por su garganta, le alteraba en una gradación. Sus comportamientos cambiaron, se le sumió la mirada —lo que volvió más demente su expresión—, en momentos de lucidez le atacaba una convulsa manía por sonreír ante cualquier acción; su propia mente se lo sugería: “Vamos Canterry sonríe” y luego el lado visceral de su interior se lo proponía groseramente: ¡Vamos, maldito Canterry, ríete como el maldito loco apostador que eres!. Esas acciones le hacían retorcerse en el piso de la ansiedad; las voces lo acorralaban a tal grado que llegaba a abofetearse a sí mismo. Yo mismo controlé esos ataques de irracionalidad que lo perturbaban. En ocasiones tenía que someterlo a un rudo golpe para tranquilizar sus ansias; su aspecto era ya detestable, enfermizo, en ciertos momento hasta yo deseaba vaciar botellas como él, pero me detenía, guardaba la calma, y, serenamente, tenía que servirle un trago — ¡Por los mil demonios, sólo eso lo calmaba!—. La felicidad de mi amigo sólo radicaba en el contenido de las botellas y la superficie de las cartas; su agilidad era tal que el azar parecía desmaterializarse. Ganaba cada partida con rabia burlándose de sus contrincantes; al final terminaba por desalojar a los contrincantes de la mesa, despidiéndolos con esa terrible sonrisa que resonaba durante meses. Cierto día de borrasca, las calles solitarias albergaban la presencia callejera de C. Canterry. Yo iba tras de él, tratando de detenerlo en la lluvia. El médico había presagiado que otra borrachera sería fatal. C. Canterry parecía fuera de la realidad, los ojos le temblaban como si quisieran salir expulsados a presión y en su boca balbuceaba cierto diálogo extraño consigo mismo. Mi presencia era inapreciable, no pude detenerlo entre la oscura noche, plagada de niebla destructiva y oscura... Pasamos por las calles de adoquín y, completamente empapados entre la tormenta, llegamos a una vieja taberna en los suburbios de la ciudad. Al cruzar la puerta no había una sola persona, a excepción del cantinero, un tipo de largo mostacho y una expresión ruda e irritante. C. Canterry pidió un trago y, mientras yo le miraba pasmado con temor hacia sus facciones, el tipo de la barra estaba atónito.
    Encima del cantinero, justo arriba del primer estante de botellas, había un dato raro: un par de hachas, cada una de ellas tenía la mitad de un grabado, al unirlas, se formaba la imagen de un ying-yang.

    C. Canterry entre un largo soliloquio, que sólo el mismo pudo conocer, reverenció una grotesca carcajada: ¡Con un maldito diablo! ¿No hay con quién apostar? De pronto el cantinero sonrió con una mueca burlona y hastiada, brillando en el acto su diente de oro — cualquiera que lo hubiera visto hubiera querido levantarse y golpearlo hasta descifrar el porqué de la burla —. Después sacó una baraja, la lanzó sobre la barra contradiciendo con otra burla: Puede usted jugar solitario, si así lo desea”. Eso irritó a C. Canterry, lo puso más ansioso; se levantó de la silla y dijo: “No sé jugar solitario, sólo quiero apostar, ¿usted apuesta? Yo quise
    hablar, pero eran personas mayores, sabían lo que hacían, pero desde ese momento las cosas se veían mal. El cantinero accedió, alardeando y diciendo: Espero que tenga para pagar esos tragos, amigo, porque la casa no invita, no quiero que se vaya usted con las bolsas vacías”. Se sentaron a la mesa, el cantinero llevó una botella de un vino, le sirvió a Canterry, después Canterry barajeó por orden del cantinero, quien no hacía otra cosa que alardear.
    Cuando las cartas cayeron en la mesa parecía que estaban presagiadas por la magia de un futuro inconveniente; tal vez era la perfección de las leyes que rigen el mundo.
    Quizá no era un error, quizá Canterry estaba en el punto correcto de las leyes y el azar —nunca sabré—, pero le atribuyo a ese mundo perfecto el hecho de que C. Canterry ganara las primeras cinco vueltas. La botella se terminó; C. Canterry bebía como un degenerado, como un perdido. La cara del cantinero cambiaba constantemente, más no las partidas, el dinero permanecía en manos de C. Canterry. Así fue por una hora hasta que el cantinero logró ganar una sola vez, me daba lástima el tipo y también compadecía a mi pobre amigo porque estaba perdiendo el control. Cada vez hablaba más despacio, a veces no veía ni las cartas y la partida era suya.
    Cuando el Cantinero, entre berrinches, perdió el último centavo, C. Canterry no rió, como solía hacerlo, y pensé que había logrado contenerse por respeto; porque ese pobre cantinero se había quedado en la calle, pero no podía renegar de un timo, ya que habían estado cambiando por cartas nuevas en cada jugada. Cuando esto pasó el cantinero fue el que sonrió con una sonrisa poco grotesca, poco grata. El rostro de Canterry se mantenía fijo como el de una persona anormal, balbuceaba consigo mismo y no dijo palabra alguna. Después el cantinero se arrancó el diente que había brillado a nuestra entrada, lo puso sobre la mesa y dijo: “Aún sigo aquí”. Después barajearon... y este perdió…
    ¡Había perdido hasta el diente!. Por el contrario C. Canterry tenía dinero como para beber treinta barriles y seguir sus borracheras sin sentido. La cuestión no frenó ahí, cuando el cantinero se levantó de la mesa con la cara casi agachada se escuchó la sonrisa enferma de mi compañero.
    A las espaldas del cantinero esta risa se escuchó como uno de los peores insultos que puede recibir un apostador empedernido. Esto lo volvió primitivo, se dio la vuelta y se dirigió a C. Canterry con la mirada iracunda diciéndole: “Si quieres apostar, apostemos entonces”. Yo —su buen amigo— quise decirle que no lo hiciera,
    quería decir que mi amigo era un enfermo, un alcohólico, que no estaba ya bien de sus facultades mentales, pero no quería hacérselo ver, entonces me quedé callado y lo que pasó ya no tuvo conciencia, aún sentado donde estaba, pude ver cómo el cantinero sacaba de entre la barra un pequeño cofre, después sacó un trapo. Su contenido era un revólver calibre treinta y ocho, lo limpió con rapidez llevándolo hasta la mesa. C. Canterry me hizo moverme de tal modo que ahora yo estaba a su izquierda, mientras el rostro del cantinero estaba frente de C. Canterry a quien dirigió le dirigió unas palabras: Que sea una ruleta rusa la que decida quién gobierna la suerte.
    “Suerte”, cuántas veces escuché esa palabra del diablo. Era bien sabido que esto no era cuestión de suerte; le convidaban de su pan privilegiado al demonio, poniéndole en la cara las vidas para deleitarlo con la estupidez, llamándole a esto “que tengas suerte”, “deséame suerte”, “perdió... no tuvo suerte”. Dentro del mundo de la
    perfección no es la suerte la que gobierna, sino las propias leyes limitadas de un cuadrado que gobiernan la entidad mental; las cuestiones individuales no son dadas a la suerte, son obras propias y controlables. El apostador vive en la inconsciencia de la probabilidad, es cierto, pero sus obras viven el espacio de las cosas controlables, bien sabido pensamiento; pero esta vez las leyes perfectas del universo que no contemplan la suerte se comportan resecas y muestran el verdadero rostro de la realidad, no sería la suerte la que cobrará la vida sino la perfección viviendo en un ciclo de elecciones individuales, a veces coherentes, otras dadas a
    la inconsciencia y otras tantas llenas de errores, pero que nunca afectan por su resultado dicha perfección. El error, la contradicción, no existen, porque hasta el peor de los resultados es perfecto.
    El cantinero fue el primero en jalar del gatillo y la bala le atravesó el cráneo, la expulsión de la sangre saltó a presión en mi cara. Cuando esto pasó C. Canterry rió como un loco. El estruendo de la bala fue ensordecedor, cierta ira me acaparó, era un homicidio y las apuestas lo rodeaban. Miré hacia la barra asustado mientras
    Canterry estaba ahí babeando entre la risa. Luego nervioso ante el cuerpo miré encima de los estantes en las botellas y miré las hachas entrecruzadas; no lo pensé dos veces, tomé una de ellas —la que poseía el lado negro- deshaciendo así la presencia del ying-yang y empecé a descuartizar el cuerpo con el fin de ocultarlo y librarme. Cuando lo hacía ya era tarde, cuando el hacha atravesaba su brazo, un policía me miraba y un arma me hacía hincarme sobre el piso…
    Ahora me encuentro en esta celda, de C. Canterry lo único que supe es que fue llevado a un centro de rehabilitación mental; no quisiera recordar dicha noche, pero cada vez que veo por error mis ojos verdes en el espejo, me imposible retener las ganas de un trago, el sentimiento de buscar una taberna y evitar la necesidad de una baraja en mis manos, y no puedo – ante todo- evitar emitir esta persistente carcajada: ¡Ja,Ja,Ja!

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    No es fácil empezar, después de leer mi historia lo entenderán. Vivía en una pequeña casa, aislada de la ciudad, ya que por la enfermedad de mi madre nos tuvimos que mudar aquí, mi mamá tenía pánico a la gente y se alteraba demasiado.

    En mi casa somos tres, mi madre, mi medio hermano y yo, mi papá murió cuando yo tenía sólo siete años.

    Como decía, la casa es pequeña, pero tenebrosa, y mis compañeros de curso lo sabían, por eso insistieron celebrar aquí la fiesta de Halloween, a lo cual accedí.
    Llegó el día, todos mis amigos y yo estábamos en mi casa, pero en mitad de la fiesta a alguien se le ocurrió proponer:

    - Juguemos a la ouija. Todos aceptaron.

    Lo preparamos todo minuciosamente, hasta el último de los detalles, ocupamos nuestros puestos y comenzamos la invocación. Increíblemente el testigo respondió inmediatamente a nuestra llamada, se habían cumplido nuestras expectativas. Pero de repente una extraña sensación llegó a mí ser, se escuchaban gritos en la segunda planta, un frío penetró de golpe las almas de todos los presentes y una ráfaga de viento abrió bruscamente las ventanas, todos quedamos impasibles. ¿Qué estaba pasando?, al fin reaccionamos y algunos empezaron a gritar, otros reaccionaron riéndose, como si quisieran creer que todo era una broma. Pero no, en mi casa nunca habían pasado cosas así.

    Pasados unos segundos, el silencio volvió y los ánimos se iban calmando, pero de pronto uno de nuestros compañeros rompió el silencio, estaba pronunciando palabras que ninguno de nosotros podía entender, parecía que hablaba en latín. Algunos empezaron a reír y otros no lo soportaban más, querían que se callase, pero él no paraba, los ánimos se caldearon de nuevo y una amiga empezó a pelearse brutalmente con un compañero.
    El panorama era dantesco, unos reían como endemoniados otros gritaban, se peleaban y varios cayeron desmallados, era horroroso e insoportable.

    Por fin llegó un momento de calma, pero no duro mucho, una nueva oleada de cólera descontrolada invadió a los allí presentes, los gritos aumentaron, ya no se podía más, era horrible, la sangre salpicaba las paredes, el testigo de la ouija se movía solo, pero de forma controlada, pude leer:

    - Fue un gran error…

    A pesar de todo lo que estaba ocurriendo en aquella sala, yo intentaba mantenerme tranquila y razonable, pero no aguante mucho, el tablero empezó a temblar bruscamente y del salió un resplandor, allí pude ver a mi padre, él estaba provocando todo esto, ahora sabía lo que estaba ocurriendo, habíamos abierto la puerta, y él no se iba a perder tan esperada cita por nada del mundo, buscaba venganza…Pero…¿Por qué?.

    Reaccioné inmediatamente y subí las escaleras de tres en tres, tenía que encontrar a mi madre, pero al llegar al segundo piso la encontré muerta, y mi hermano yacía muerto a su lado. ¿Por qué los mató?...

    Poco después encontré el diario de mi madre, allí encontré todas las respuestas. Mi madre lo había asesinado, junto con el papá de mi medio hermano, mi padre había cumplido su amenaza…

    Ahora entiendo los gritos, eran ellos, de un día a otro mi familia y mis amigos habían desparecido para siempre. Nunca olvidaré aquel Halloween.

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    Esta historia es real hasta donde yo la se y espero que les dé un importante mensaje de humanidad, es que nunca podemos contenernos de buscar al chico más tímido, retraído y como dicen el más extraño de la clase.

    Debido a cuestiones de seguridad llamaremos al chico de nuestra historia Tommy, pues Bien, Tommy había ingresado ese año a estudiar en un pequeño colegio particular, el corazón le decía que en el nuevo colegio seria todo diferente y por ende esperaba que lo tratasen mejor a como lo habían hecho otros colegios donde había estudiado, una cosa era cierta en ahí lo tratarían muy, muy diferentemente.

    Aunque los primeros días como era lógico todos trataban de estar lo mejor presentables y corteses posibles, pues nadie conocía a nadie y Tommy creyó que en aquel lugar seria al fin feliz ya que todos le saludaban educadamente, incluso hasta las chicas más guapas y bonitas siempre le dirigían la palabra con una sonrisa algo tímida, pero las semanas pasaban y pronto todos empezaron a hacer amistad con alguien de su preferencia.

    Poco a poco Tommy empezó a quedarse solo otra vez, pues ya todos se daban perfecta cuenta de que él era, por decirlo así, el perfecto ejemplo de un Nerd auténtico, y por lo tanto una presa perfecta de las bromas de los más populares y (ya que no habían más Nerds en aquel colegio) de los no tan populares también.

    Con el paso del tiempo todas esas bromas ya empezaban a hacer enfadar a Tommy quien en un principio las tomaba a chiste pero ya se estaba cansando, hasta que un día no pudo resistir más y decidió encarar al más popular de toda esa partida de abusivos.

    Eduardo, que así se llamaba el chico más popular de la escuela lo veía con un gesto de desprecio mientras Tommy le hacía un lista de las cosas que le desagradaba que le hicieran y donde les advertía que no le molestasen más, a lo que Eduardo le respondió con un empujón cual ayudado por el pie de otro de esos insoportables chicos hizo perder el equilibrio a Tommy y lo mando de lleno al suelo, todos ellos reían llenos de gracia incluso las chicas que encontraban eso muy gracioso.

    Tommy no lo soportó más y en ese momento sucedió algo que empezó a cambiar su vida de una manera irreversible, el carácter siempre tímido y amable de Tommy empezó a expresar manifestaciones de ira, una rabia tan grande y desquiciante que reemplazó a su raciocinio y le hizo actuar por instinto.

    -Te voy a matar infeliz... eres hombre muerto y eso te lo juro- fue lo poco que le alcanzaron a oír el resto de sus compañeros pues en ese instante Tommy como un rayo tomó a Eduardo por el cuello de la chaqueta y para sorpresa de todos lo elevo por el aire a un metro de las cabezas de todos, para luego estrellarlo violentamente contra el suelo y comenzar a golpearlo con toda la fuerza que sus brazos le permitían.

    -¡Ya basta desgraciado!-Le grito desesperadamente Robert, el mejor amigo de Eduardo y compañero de diabluras, en especial si se trataba de Tommy, quien lanzándose sobre el agresor de su amigo trato de quitárselo de encima pero era tanto como mover una pared de ladrillos.

    -Te dije que pares pequeño imbécil- gritó una vez más Robert al tiempo que le propinaba un puntapié en las costillas de Tommy quien al sentir el dolor dejó de golpear repentinamente a Eduardo y lentamente se incorporó con la mirada aterradoramente clavada en los ojos de Robert quien por primera vez dejó de ver a Tommy como a un juguete para golpear y empezó a tenerle mucho miedo.

    -Y que haremos ahora contigo Robertito- susurraba Tommy al tiempo que una expresión nueva de furia invadía su rostro.
    -No te acerques más te lo advierto, no te acerques más a mí, por favor- pedía Robert, con un tono que parecía próximo al llanto-por favor, tranquilízate-
    Pero cuando Tommy se aprestaba a lanzarse sobre su nueva presa Eduardo se incorporó lleno de sangre en toda la cara y se lanzó contra Tommy por la espalda pero éste lo rechazó con un codazo en la boca del estómago lo cual hizo que Eduardo se doblase como una hoja de papel por la mitad.

    -Que rayos pasa aquí- Era el director que había visto todo el cual, avalado por la acusación de todos los compañeros de estudios tuvo motivo suficiente para castigar físicamente a Tommy, el cual llorando más por la ira de aquella última humillación que por el castigo del director se fue a su casa expulsado por tres semanas del colegio, al llegar a casa todavía quedaba la cólera de su padre, el cual ya se había enterado de todo por una llamada telefónica que le hizo el mismo director.

    Pasaron tres semanas y al fin Tommy regresó al colegio aunque nadie y solo una compañera suya, llamada Jazmín lo notó, había algo en Tommy que lo hacía diferente, era algo que había perdido, como si ya no formase parte de Tommy, como si aquello que entraba ese día por la puerta del colegio no fuese Tommy.

    -No sé qué le pasa a Tommy, es como si ya no estuviese ahí- Alcanzó a decir Jazmín a una amiga suya durante el receso para el refrigerio-No sé qué será pero me pone nerviosa.
    -Lo que pasa es que ese demente te gusta-Fue todo lo que le alcanzó a decir su amiga lo cual la hizo enfadar mucho.

    Pasado ese episodio ya nadie quería acercarse a Tommy pues cada vez que le miraban directamente a los ojos parecían ver un vacío profundo carente de toda emoción, en clase siguió siendo uno de los mejores y a la hora de hacer grupo para algún trabajo de aula nadie quería acercársele a menos que el profesor del curso obligase a unos cuantos.

    -Es como si en su mirada ocultase un gran fondo de vacío y tristeza- fue todo lo que Jazmín alcanzó a decir un día que ella y varias amigas estaban reunidas en su casa, pero ellas fingieron no oírla aunque en el fondo sabían que tenía razón.

    Al final del año escolar había alguien que quería vengarse, era Eduardo, quien junto con Robert planeaban la forma de cobrársela, hasta que la oportunidad les llegó, en una invitación a la fiesta de Mónica, una compañera más de clase, la fiesta se organizó por el fin del año escolar y por cortesía ofreció un invitación también a Tommy a quien se le acercó bastante temerosa y nerviosa y él se lo agradeció con un apagado agradecimiento, como si alguien estuviese hablando a través de un largo tubo con un pedazo de tela en el otro extremo.

    Llegaron todos a la fiesta de Mónica, el lugar era ideal, la casa era muy grande y señorial y justo delante tenía un precioso y pequeño lago que le daba un toque de misterio y romanticismo.
    En cuanto a la fiesta, se desenvolvió con toda normalidad, todos se lo pasaban bien, pero Eduardo se encargó de estropearlo todo, y todos sabían porque, tenía una cuenta pendiente. Eduardo se acercó a Tommy y le dijo que Jazmín estaba esperándolo en su coche, quería saber si le hacía un favor. Tommy, estaba desconfiado, pero por tratarse de Jazmín, salió hasta el coche de Eduardo, cuando llegó, el mismo Eduardo y con la ayuda de Robert, lo empujaron hacia dentro, cerraron todas las puertas del vehículo, tomaron una cadena y ataron un extremo de esta al carro y el otro a un árbol, hecho esto, empujaron el coche hacia la orilla.

    - ¿Cómo se siente ahora idiota? – Empezó a gritar Eduardo al tiempo que se reía. Sus risas llamaron la atención de todos los que estaban en la fiesta, incluida Jazmín, que salió como los demás para ver que estaba ocurriendo. Al ver el brutal espectáculo, una sensación se apoderó de casi todos los allí presentes, esto estaba hiendo demasiado lejos.
    - Vamos es sólo una broma de fin de año para el llorón-. Contestó sin dejar de reírse. En ese mismo instante nadie se esperaba lo que ocurrió, uno de los extremos de la cadena se rompió y el coche empezó a rodar hacia el lago.

    Todos, espantados, reaccionaron al unísono, empezaron a tirar de la cadena, había que evitar que llegase a hundirse del todo, todos unieron sus fuerzas para salvar al chico extraño, pero el coche pesaba demasiado, su peso hizo que se hundiese en el fondo fangoso, parecía como si una enorme ventosa estuviese absorbiendo al vehículo. Tommy gritaba desesperado, un ataque de histeria se apodero de él, mientras intentaban sacarlo se escuchaban los gritos de desesperación que juraban venganza.

    -¡Les juro que me vengar!, no moriré aquí, yo jamás moriré, no
    tengo alma por culpa de ustedes, la perdí y ahora lo pagarán!- Eduardo, Robert y Jazmín pudieron ver como la mirada de Tommy se clavaba en sus almas, esas palabras de venganza iban dirigidas a ellos tres, pues Tommy creía que Jazmín estaba en todo esto.

    Lo último que se vio fue el maletero del coche, Tommy se había hundido definitivamente, pero sus gritos se oían todavía. El panorama era dantesco, las reacciones fueron distintas en cada uno de los presentes, pero en todos se reflejaba la cara del horror, del espanto, de lo insoportable.
    Eduardo, Robert y Jazmín se lanzaron al agua para poder sacarlo, pero todo fue inútil, el daño ya estaba hecho y la venganza había comenzado.

    Cuando la policía llegó, remolcaron el auto hacia la orilla y comprobaron que en su interior no había nadie.

    Eduardo y Robert fueron acusados de homicidio involuntario y aunque no hallaron el cuerpo
    de Tommy fueron condenados a diez años de prisión, lejos de sus amigos y familiares, pero eso si teniendo tiempo para pensar en lo que hicieron.

    Una noche Jazmín se prestaba para dormir, de pronto escuchó un golpeteo en su ventana, asustada, se levantó de la cama y al acercarse al cristal, esta se abrió con fuerza, de pronto notó como alguien agarró su brazo, asustada no atinaba a gritar, pero el impacto fue mucho mayor cuando apreció entre la oscuridad el rostro del que la sujetaba, Tommy.

    - Tu también te burlaste de mí, lo pagarás, te maldigo, verás a tu primer hijo sufrir igual que sufrí yo, sentirá un rencor tan grande que llegará a perder su alma como yo lo hice. Pero tu honda pena será mucho mayor cuando él tenga 17 años y pase por lo que ustedes me hicieron pasar y al final cuando quede vacío de alma se unirá a mí para siempre en el otro lado.
    Terminadas sus palabras, soltó a Jazmín y se fue desapareciendo entre la oscuridad de la noche.

    El tiempo ha ido pasando, Jazmín espera a su primogénito con mucha ilusión, por fin el 15 de febrero, notó que había llegado la hora, estaba rompiendo aguas, pero Jazmín ya no estaba feliz, no quería tenerlo ahora, ella sabía que ese día era maldito, el 15 de febrero era el día en que nació Tommy, la venganza había comenzado.

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    Taylor Wong Architecture Designer

    The Japanese call it Hanakotoba, and King Charles II brought it to Sweden from Persia in the 17th century. Read More

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